18/10/00


Hallan en una mina restos humanos. Y creen que podría tratarse de una mujer de principios de siglo
Un esqueleto rodeado de misterios

El hallazgo se produjo en el cerro Bonilla, en Uspallata. Ayudados por el entorno, los investigadores han desarrollado algunas hipótesis


Un amplio abanico de interrogantes dejó el descubrimiento de un ataúd que contenía en su interior restos de un esqueleto humano.El féretro fue encontrado el domingo en la quebrada de Santa Elena, cerca del cerro Bonilla, en Uspallata.
El ex sargento de la policía Gastón Hipólito Alvarez, junto a unos empresarios, fue quien halló el cajón mientras realizaban una excursión en busca de piedras exóticas.
Ayer, después de 94 años de oculto silencio, los restos del cuerpo de un ser humano fueron sacados de su precaria tumba para ser investigados por la policía, y así poder deducir las causas que determinaron su muerte.
El hallazgo del cuerpo decía poco, pero su entorno ayudó a crear hipótesis y a eliminar las historias hiladas en la mente de los testigos.
Después de un largo camino de tierra (ruta provincial Nø 13) los móviles de la Patrulla de Rescate y Criminalística llegaron a las abandonadas minas de talco “Los Chuecos” a una altura aproximada de 2.000 a 2.500 metros sobre el nivel del mar.
Los autos quedaron varados bajo la sombra de una construcción deshecha y la excursión debió continuar a pie por entre las altas cumbres que, durante tanto tiempo, resguardaron frágiles restos.
La expedición, guiada por Alvarez, llegó al lugar alrededor de las 9 de la mañana y de inmediato se comenzó a trabajar en busca de pistas que abrieran una grieta en el misterioso hallazgo.
Las fantásticas hipótesis creadas por la imaginación de los presentes durante el largo camino recorrido hasta el lugar, fueron desechadas a medida que los objetos divulgaban datos más fehacientes.
La tumba era, en realidad, un socavón de mina de cobre de cuatro metros de profundidad, creado (al igual de los que se encuentran en la cercanía) cuando los jesuitas, indios y posteriormente los inmigrantes, explotaban el rico material de la zona.
El cuerpo yacía dentro de la pequeña cueva, acostado en un rústico cajón de madera, de no más de un metro sesenta de largo.
Los restos desarmados y comidos por animales depredadores, sólo mostraba una calavera y pedazos de huesos entremezclados con retazos de telas de lo que pudo haber sido la vestimenta.
El cráneo permitió aventurar un primer dignóstico: la persona era mayor de edad (tenía las muelas del juicio) y posiblemente se trate del esqueleto de una mujer.
La columna vertebral y la pierna izquierda, permitieron un cálculo estimativo de la alturas que habría sido la de una persona de aproximadamente un metro cincuenta centímetros de estatura.
Al final de la cueva, apoyada sobre la pared, se encontraba una cruz con la inscripción de Anastasio Olivarez.
Este nombre vuelve a colocar un manto de dudas sobre el cuerpo del fallecido, que aparentemente sería de mujer.
Pero el símbolo cristiano de madera tenía otra escritura más pequeña: “Fallecido el 9 de marzo de 1906”.
Esta fecha coincidiría con la época de explotación minera de la zona, pero la palabra final la tendrán los resultados de la prueba de Carbono 14, que se realizará en la sede central de Investigaciones, en la ciudad de Mendoza.
Después de casi un siglo de calmo reposo, los restos del cuerpo fueron sacados de su lugar y llevados a la civilización.
El cajón tenía los vestigios de haber tenido una tapa que habría sido violentada, seguramente por usurpadores en busca de un botín.
Luego de extraer los restos óseos del cajón, aparecieron candelabros hechos con latas de conservas y etiquetas de papel que mostraban la marca de las velas utilizadas. También se especuló, debido a la orientación del enterratorio, que el cuerpo habría sido velado ante la imponente figura del cerro Aconcagua.


Marcelo Monfort